La acción más comprometida de la historia de los Juegos Olímpicos

Hay atletas que marcan por sus récords olímpicos, otros lo hacen por su cantidad de medallas en uno o varios JJ.OO., pero existen otro grupo de personas que se comprometen por una causa social – aunque sea a través de un gesto – profunda para su entorno o contexto en el país donde vive.

Este es el caso de 2 atletas estadounidenses, como Tommie Smith (medalla de oro en la corrida de los 200 m.) y John Carlos (medalla de bronce), que con un saludo en representación a la comunidad afro en ese país marcaron para siempre sus vidas y los Juegos Olímpicos México 1968.

Además de eso, un australiano acompañó la causa con su aceptación al gesto de los afroamericanos, se llamó Peter Norman (quien logró la medalla de plata).

Esta historia apasionante y cruda lo relata un periodista llamado Martín Mazur, de la revista periodística argentina El Gráfico, con una sección particular llamada “Más que mil palabras”, con el título “El invisible”, que se irá desglosando a partir de ahora:

Si hubiera que elegir las fotos más representativas del deporte en el siglo XX, la que aparece publicada en esta página es una candidata natural a estar entre las 100 seleccionadas. Ampliamente difundida y fácilmente reconocible, la imagen del podio de atletismo en los Juegos Olímpicos de Ciudad de México 1968 representa mucho más que la carrera de los 200 metros. Es la victoria del poder negro, una de esas imágenes que funcionan como puertas de entrada a la historia.

La icónica foto del black power salute tiene como protagonistas a dos atletas estadounidenses, Tommie Smith, el ganador (19s86/100) y John Carlos, quien obtuvo la medalla de bronce. Llevan a cabo un saludo respetuoso pero desafiante, en un delicado escenario para su país y no menos tumultuoso para el mundo: el asesinato de Martin Luther King en Memphis había ocurrido dos meses antes; también habían matado a Robert Kennedy en California; continuaba la guerra de Vietnam y no cesaban las protestas contra la segregación racial; mientras tanto, en el mundo, sucedía el Mayo francés, los tanques rusos aplastaban la Primavera de Praga y en el DF, apenas 10 días antes de la llegada de la antorcha olímpica, la represión contra estudiantes provocaba la masacre de Tlateloclo, con casi 300 muertos.

Los atletas afroamericanos no querían dejar de expresar su apoyo a las protestas por los derechos civiles. Pero sabían que el boicot no era la solución. Tampoco el silencio desprendido de la realidad.

Así se llegó a ese gesto, una de las declaraciones políticas más fuertes en la historia de los Juegos. Un alarido sin decir una sola palabra.

Mientras sonaba el himno nacional de Estados Unidos, Smith levanta su brazo derecho, puño apretado dentro de un guante negro. Carlos, con menor tensión, levanta su brazo izquierdo. Ambos tienen los ojos puestos en el piso. Y aunque apenas se note, están descalzos. A primera vista puede no notarse, pero cada uno lleva varios agregados simbólicos para ampliar esa declaración: Carlos tiene un collar en homenaje a todos los ahorcados y linchados sin que nadie hubiera hecho nada por ellos. Su campera abierta simboliza a los obreros. Smith se colocó un pañuelo negro sobre el cuello, otra muestra de orgullo negro. La simbología nos habla de pobreza, trabajo y libertad.

También está presente una insignia, sobre el “USA” estampado: es la del Proyecto Olímpico para los Derechos Humanos, al que Smith y Carlos adherían.

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Peter Norman (medalla de plata, “el invisible”), Tommie Smith (medalla de oro) y John Carlos (medalla de bronce).

Todas las miradas se concentraron en el saludo negro. Pero en la foto había alguien más.

La foto tiene un integrante casi anónimo que sirve para darle todavía mayor tensión: el atleta blanco que queda en el segundo escalón del podio, casi un protagonista antagónico ante el reclamo de los otros medallistas. Error.

Peter Norman, el australiano que se quedó con la de plata, participó activamente en la decisión de este festejo. Antes de la entrega de medallas, los atletas compartieron el vestuario por un par de horas. Allí, Norman escuchó lo que tenían pensado hacer. Decidió usar la insignia en su pecho como apoyo a sus colegas. Y fue él quien sugirió, al ver que solo tenían un par de guantes a disposición (Carlos había olvidado los suyos), que usaran uno en cada mano.

Lo que pasó después no fue grato para ninguno de los involucrados. La multitud los abucheó. Allí se produjo la famosa frase de Smith: “Cuando gano, soy americano, pero cuando hago algo malo, se dice que soy un negro. Somos negros y orgullosos de serlo. La América negr entenderá lo que hicimos esta noche”. El problema para el antónimo de la foto es que no era negro.

Smith y Carlos fueron expulsados de los Juegos. Les permitieron mantener sus medallas, pero el resto iba a ser de pesadilla: resistidos, acusados, sus carreras deportivas terminaron. También sus matrimonios.

El jefe de la misión olímpica australiana, Julius Patching, recibió presiones de todo tipo para castigar también a Norman, quien luego de la ceremonia había osado decir: “Creo que todo hombre nace como igual y así debe ser tratado”.

“En Australia están clamando por sangre. Considerate amonestado. Ahora bien, ¿tenés entradas para ver el hockey esta noche?”, le dijo Patching a Norman, y así dio por terminado el tema.

En su momento de gloria, con un tiempo que no había logrado cronometrar jamás, a Norman se lo acusaba por el apoyo a Smith y a Carlos y se dejaba de lado su proeza deportiva.

Los 20s06/100 que cronometró el carril 6 continuan al día de hoy siendo el récord australiano. Pero tras ese rapto efímero de visibilidad, Norman no volvió a competir en los Juegos Olímpicos. Nunca volvieron a mandarlo.

Continuó corriendo en competencias menores, hasta que se le infectó una lesión en el talón de Aquiles y se le generó una gangrena. En 1985 los médicos aconsejaron amputar, pero finalmente no lo hicieron: “No se puede cortar la pierna de un medallista olímpico”. Necesitó tres años de silla de ruedas y recuperación para volver a caminar. Jamás tuvo un reconocimiento merecido.

“La gente no entiende que Smith y Carlos sacrificaron sus carreras por una causa en la que creían, y con métodos pacíficos y no violentos. Me dio mucho gusto haber sido parte de eso”, dijo Norman en 2005, un año antes de su muerte, al recordar aquella foto que marcó a toda una generación.

El parlamento australiano recién reconoció “los extraordinarios méritos deportivos de la carrera de Peter Norman” en 2012, en una declaración pública y póstuma, que también incluyó una disculpa por no haberlo enviado a los Juegos de Múnich 1972, “a pesar de haber clasificado en numerosas oportunidades”.

Fue tan alto el impacto del black power, que para la mayoría Norman se transformó en un hombre invisible, en parte del decorado.

Pero nunca fue tal cosa para Tommie Smith, quien lo definió como “un hombre de sólidas creencias, un humanitario”, ni para John Carlos, quien directamente dijo: “Peter Norman es mi hermano”.

Las frases llegaron tras la muerte de Norman, hace una década. Tenía 64 años. Tommie Smith y John Carlos lo honraron en su última foto. Son ellos quienes, visiblemente conmovidos, llevaron las manijas delanteras del ataúd del atleta invisible.

Tiene la particular, además, de mencionar la cantidad de palabras que contiene el artículo (salvo la primera cita que es la bajada) que son 1019 en total.

Un símbolo que representó un sentimiento de libertad, un símbolo que no fue comprendido por unas personas con una visión muy estrecha, un símbolo que debe ser conocido para que no se castige más a la libertad de expresión, sobretodo que tiene connotaciones humanitarias.

Fuente: Revista El Gráfico, 1 de marzo de 2016.

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