El último encuentro entre Asunción Flores y Ortiz Guerrero

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Escribir sobre estas personas es como contar sobre una de las grandes bases de la cultura paraguaya de todos los tiempos.

El binomio Asunción Flores – Ortiz Guerrero se ha constituido en una forma de entender a la sociedad y hasta de transformarla hacia un futuro de paz, prosperidad, identidad y justicia.

Mientras Flores continuaba dando creaciones al nuevo – por entonces – género musical llamado guarania, Guerrero estaba luchando contra una enfermedad bastante mortífera y ampliamente rechazada por la sociedad de ese entonces: la lepra.

Entonces, su compañera de vida, Dalmacia, decide que lo mejor es trasladarlo a un lugar más tranquilo donde pueda relajarse de alguna forma y ese sitio fue San Lorenzo, por entonces muy alejado de Asunción. Pero Flores lo convence y lo lleva de vuelta a la capital.

En testimonio del creador de la guarania habla de la triste experiencia del pasar y pesar de su gran amigo, el poeta Manuel Ortiz Guerrero:

Ya de tardecita salí en busca de una carreta. Él había mejorado un poco. Lo acomodamos en un colchón. La admirable compañera a su lado. Yo a los pies y el perrito empezó a tironearle los pantalones, como si entendiera. El poeta sonrió y extendió el brazo hasta apoyar la mano sobre la cabeza del animal que, sin sacarle los ojos, movía calladito la boca.

La carreta se puso en movimiento antes del crepúsculo. Un silencio impresionante. Solo el rechinar de ruedas, el crujir de las ramas secas aplastadas sobre el suelo endurecido. Se sentía el olor a monte que la brisa traía del fondo. Callaron de repente los pájaros. La carreta se desplazaba lentamente. El carretero procuraba evitar los barquinazos esquivando las profundas hondanadas. Pronto se hizo la noche cerrada.

– ¡Que hermosa luna! – dijo Dalmacia.

El poeta le dirigió una mirada paternal, hizo un gesto y con voz entrecortada se dejó entender.

– Dice que desea escuchar la guarania.

Entonces a entonar Ñasaindýpe. Me pidió que cantara de nuevo. Al llegar al “icatuporante nda ya yuechavei”, me pidió que interrumpiera el canto y dijo:

– Pronto se cumplirá lo que dice mi verso.

Silencio conmovedor.

Luego, tras llegar a un sitio llamado Surucu’a, mientras que estaba despierto y animado, le compuso unos versos para lo que sería Buenos Aires, salud que luego lo terminaría con Eladio Martínez ya cuando estaba en la capital porteña.

Tiempo después, los versos de Ortiz Guerrero ya no se podrían producir más, pero el recuerdo de un poeta luchador, soñador y solidario quedó siempre en el recuerdo de quienes lo conocieron y/o pudieron ver sus obras.

Estos hombres fueron un ejemplo de elevar al arte a grandes alturas y a apostar, desde ese arte, por un Paraguay con verdadera justicia social y democracia.

Fuente: José Asunción Flores, Gente que hizo historia, Alcibíades González Delvalle, 2013.

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